Francisco Rodríguez Pulido
Profesor jubilado de Física y Química en Secundaria
Presidente de la Asociación Tierra Bonita
En los últimos días he leído, con la atención que impone la necesidad, los titulares publicados en distintos medios sobre el reciente estudio del IGME-CSIC en la revista Natural Hazards: “Las fallas identificadas en la erupción del Tajogaite se siguen desplazando mediante movimientos lentos”. Son titulares potentes, sin duda, pero también profundamente simplificadores de una realidad compleja. Están pensados más para captar atención que para trasladar conocimiento con rigor científico y responsabilidad social.
Como docente de Física y Química durante toda mi vida profesional y como presidente de la Asociación Tierra Bonita, creo que es necesario bajar el balón al suelo y explicar qué significan realmente estos datos para el futuro del Valle de Aridane, más allá del impacto mediático.

Desde la activación del PEVOLCA en septiembre de 2021 y durante toda la erupción, los científicos se convirtieron en protagonistas prioritarios de los medios. Tras la erupción, lo siguen siendo, especialmente por la persistencia de las emisiones difusas de CO₂ en Puerto Naos y La Bombilla. Sin embargo, desde mi punto de vista, su papel ha acumulado grandes desaciertos, no solo en investigación, sino sobre todo en comunicación científica. IGN, INVOLCAN e IGME han olvidado de forma notoria el rigor y la geoética en La Palma.
Y aun así, la ciencia debe seguir siendo nuestra mejor aliada. Eso es precisamente lo que seguimos esperando, especialmente en relación con la “verdad” de por qué no se comunicó correctamente, en tiempo y forma, la previsión del lugar y del momento de la erupción. Basta recordar que incluso el mismo día de la erupción se seguía defendiendo públicamente que esta se produciría en Jedey. Por eso, cada nueva comunicación de los científicos institucionales —especialmente de INVOLCAN e IGME— genera inquietud y desconfianza entre las personas afectadas.
No estoy negando, en absoluto, que se sigan realizando investigaciones sobre la erupción y su etapa posterior. Al contrario: considero positivo el trabajo de monitorización que realiza el IGME. Pero tras analizar el último artículo académico publicado (Intervención de emergencia para la estimación temprana del movimiento lento de deslizamiento en las fallas activas de La Palma), resulta inevitable hacer una valoración crítica, no solo del propio estudio, sino también de cómo se ha trasladado a la opinión pública.

Un problema de terminología: ¿tectónica o gravedad?
Mi primera objeción se centra en el uso del lenguaje. El estudio confirma que el suelo se mueve, es decir, describe una cinemática. Eso es un hecho. Pero denominar esas fracturas de forma inequívoca como “fallas activas” implica atribuirles una causa dinámica concreta que aún no está demostrada.
Una falla activa sugiere una ruptura profunda de la corteza terrestre, permanente y potencialmente peligrosa. Sin embargo, lo que se está midiendo con fisurómetros instalados en viviendas dañadas podría ser perfectamente compatible con un asentamiento gravitacional del edificio volcánico o con una relajación térmica tras la erupción. No es una diferencia menor: es conceptual y tiene enormes consecuencias prácticas.
¿Qué estamos midiendo realmente?
Desde el punto de vista metodológico, el estudio también plantea dudas razonables. Se han medido grietas en hormigón y mampostería, materiales con coeficientes de dilatación térmica muy distintos a los de la roca volcánica. Aunque los autores indican que han utilizado resinas epoxi y mediciones en distintos momentos del día para minimizar efectos térmicos, la pregunta es inevitable:
¿estamos midiendo el movimiento de una supuesta falla o el asentamiento de una vivienda dañada cuatro años después de la erupción?
Una casa afectada tiene su propia dinámica de reajuste gravitacional. Discriminar entre un movimiento tectónico puro (endógeno) y el asentamiento estructural del edificio (exógeno) es el gran desafío de este trabajo, y es ahí donde surgen las principales debilidades científicas.
Hablar, además, de “innovación tecnológica” en la prensa resulta cuando menos exagerado. Un fisurómetro mide apertura o cierre en una sola dimensión (1D). Pero una falla geológica es un fenómeno tridimensional. Si el movimiento es lateral y la grieta es paralela a ese desplazamiento, el instrumento puede marcar “cero” aunque el terreno se esté moviendo. El propio artículo reconoce esta limitación y propone el uso futuro de técnicas GNSS (GPS) y otras herramientas geodésicas, lo que evidencia que las conclusiones actuales son necesariamente preliminares.

Dos escenarios radicalmente distintos
Del artículo científico —no de la nota de prensa— emerge un matiz clave: la naturaleza del desplazamiento.
Si es tectónico, el problema es permanente.
Si es gravitacional, el proceso tenderá a estabilizarse con el tiempo.
Sin embargo, se alerta sobre posibles consecuencias urbanísticas en el Valle de Aridane sin haber validado esa hipótesis mediante técnicas geodésicas profundas como GPS o InSAR. Legislar y planificar asumiendo el peor escenario, sin una base sólida, sería un error que pagaríamos los ciudadanos con la pérdida de derechos sobre nuestros terrenos.
Existe además una confusión fundamental entre causa y efecto. Los autores defienden que la tectónica controla al volcán, es decir, que las fallas preexistentes guiaron la salida del magma. Pero no descartan de forma convincente la hipótesis contraria: que sea la propia isla, por su peso y estructura, la que se esté fracturando de manera gravitacional.
Llamar a estas estructuras “fallas activas” —con nombres concretos como Tazacorte o Mazo— no es acertado. Si realmente lo fueran, podrían generar terremotos importantes sin erupción volcánica, algo que no ocurre. En realidad, se comportan como fracturas pasivas, que solo se mueven cuando el volcán se hincha, se deshincha o cuando actúa la gravedad.
El creep y Puerto Naos: la clave del estudio
Paradójicamente, lo más relevante del artículo ha pasado casi desapercibido. La confirmación de un movimiento lento (creep) en la zona de Puerto Naos es un hallazgo fundamental. Desde un punto de vista físico, esto explica la persistencia de las emisiones de CO₂: una fractura en movimiento rompe constantemente el sellado mineral de la roca y mantiene una alta permeabilidad.
Si esto es así, las emisiones no son una anomalía temporal ni una cuestión de “mala suerte”. Son un fenómeno estructural. Y si la causa es estructural, la solución no puede ser el cierre indefinido de barrios, sino una respuesta ingenieril: desgasificación activa, adaptación y convivencia con el riesgo.
Menos miedo y más ingeniería
La prensa insiste en destacar velocidades de desplazamiento de hasta 2,8 milímetros al año. Traducido a escala humana, es la velocidad a la que crecen las uñas. La ingeniería civil lleva décadas lidiando con suelos que se mueven a ese ritmo. Existen soluciones técnicas sobradamente conocidas.
El verdadero peligro es utilizar este estudio como excusa para trazar líneas rojas definitivas en el mapa. Antes de hacerlo, es imprescindible contrastar las grietas de las viviendas con mediciones satelitales del zócalo insular. No se puede confundir un reto técnico con una imposibilidad física.
Un llamamiento a la responsabilidad
Es necesario exigir al IGME, a los autores del estudio y al Comité Científico del PEVOLCA un informe claro que diferencie entre riesgo tectónico y asentamiento gravitacional. A la Consejería de Política Territorial y a la Viceconsejería de Reconstrucción hay que advertirles que el término “falla activa” no debe aparecer en la legislación urbanística, ni servir para impedir la reconstrucción.
Los ayuntamientos del Valle de Aridane no pueden negar licencias basándose en interpretaciones alarmistas. Hacerlo sería una incorrección técnica y administrativa. Y el comisionado especial para la Reconstrucción debe intervenir para evitar que estudios con debilidades científicas condicionen de forma irreversible el futuro del territorio.
La Palma necesita ciencia para reconstruirse, no titulares que, bajo la apariencia de alerta, certifiquen injustamente la muerte de la reconstrucción urbanística del Valle de Aridane.MODO DESARROLLADOR